La roca del tiempo OBRA

LABERINTOS


LABERINO I

La interrupción de la lógica, sacar de contexto lo que de ordinario se supone debería de tener una cierta correspondencia, disloca la falaz consciencia de quien cree que la consciencia es un instrumento a priori. Que es una herramienta que se da por sentado y no una, quizá geología de sedimentos, acumulados y erosionados, accidentales y/o progresivos. Que es algo que se construye y destruye en cada momento, con la aparición, ahora, de las manifestaciones que nos circundan y cuyos fenómenos no siempre controlamos. La consciencia, ese fenómeno efímero, susceptible de cambios, digamos, es un cierto lugar cuya situación es tan única, como universal. Y por universalidad no me refiero a lo inamovible y estático, que supone un sistema anquilosado de símbolos y correspondencias obsoletas, en desuso o muertas. Esto es, como de común se utiliza el concepto de consciencia, como un armatoste derruido, viejo, oxidado, al que cada vez que se le pregunta, le dan una ajustada para ponerlo a reproducir cual gramófono, sobre todo, estupideces que reciclan para salir del paso. Lo cual, aunque no lo puedan ver, no es más que una canallada flagrante.

La consciencia es un espectro a cuya ilusión acudimos sorprendidos, como animados por su pulsión. Creemos en ella como creemos en los cuentos. La consciencia es un juego de niños.

Es una época de ansiedades múltiples. Que se dedica a realizar un vertedero continuo. Nadie en su sano juicio es cabal, completo, y perfecto todo el tiempo. Este nuevo funcionamiento en el que se arroja diario a todas horas disque contenido, no es más que una era escatológica. De escombros. En cuanto sale esa nueva cosa, no es más que una ruina apenas toca el exterior. Una era de vestigios. Lo que arrojan tiene una vida muy corta, de inmediato se convierte en deshecho.

Por decir, se pensaría que tomé, robé, hurté los elementos de estos cuadros, de estos compendios de imágenes, que no me pertenecen, que son el claro ejemplo de que se está cometiendo un delito. La sociedad me señalaría como un plagiario o suplantador, me elevaría a un estatuto que no tengo y que es exagerado. A lo que me alude, tal inquisición, es a que la sociedad en su conjunto crea desde la propiedad, hasta el más nimio abalorio, una fantasía en la que sobreestima dichos valores que inclusive enaltece, los dota y maquilla como buenos, encomiables… Las actuales son sociedades que enaltecen la mezquindad, la tacañería, la opulencia, como símbolos de prestigio. Se adora al que brilla como oro, como luz, al que tenga el poder que no tiene el resto. Son incursiones en los bajos fondos de la miseria personal, humana. Por decir, lo que pienso y sostengo es que nada del arte, nada de lo que produce ni el intelecto humano ni el acto humano es por completo de nadie. No desembocan demasiado en el que la hace, porque la finitud de la humanidad, su mortalidad, le recuerda que sólo le confiere un instante en la vida. Esto es, leo libros y veo películas de gente muerta, gente que vivió. Estos cuadros los hice para otros, para que otros los vean otros los disfruten. Lo que es claro, es que transgredo esos supuestos valores, de las sociedades, que tasan y miden a las personas por lo que tienen, porque nada tiene de moralidad ese parámetro. Que alguien sea tan rico a expensas de los otros, no es más que una flagrante inmoralidad a plena luz del día. Son un fraude, un embuste que medio mundo se encarga de sostener. Y la gente, sobre todo la ignorante, celebra que haya esa gente que tenga todo ese potencial económico. Estoy transgrediendo las miserias idiosincráticas del ser humano actual o pasado. Cree que algo le pertenece. Y realmente es muy poco, lo que de verdad le podría llegar a pertenecer en un momento dado. Esta avaricia y codicia, que no es nueva, que están dentro de las impotencias del género, sólo hacen ver esa demencia de los complejos. Esa furia y represión admitida, asimilada, y ese papel que ejerce cada cual. Nadie puede tener todo, ni nunca podrá. Es más, se va a morir. Es inevitable. Esto, repito, no es nuevo.

Así, ensamblé con pedazos de por doquier. Colecciono estas imágenes y son tantas que es prácticamente imposible hasta elegir. La suerte me sobrepasa. La suerte. Pinchar tal o cual imagen. Son más de cien mil, casi doscientos mil imágenes de 10 años. Me sobrepasa cualquier intento de elegir. Mi intervención o mi juego sólo está al ensamblar. Es nadar en el mar.

Por último, una nota legal. Si hacemos lo que la ley nos permite somos libres, cuando menos para el común de los mortales. Cada cuadro (de 75cm x 75cm) es uno de seis que se unen para formar un gran cuadro rectangular (de 1.50 cm x 2.25 cm). Cada cuadro contiene aproximadamente 100-200 imágenes, por lo que los grandes cuadros completan un total de 500-1000 imágenes. Para cometer el acto delictivo de plagio, por lo menos el 30% de una obra tiene que se trasplantada a otro original. Por un lado, yo no veo que nadie haya hecho nada como lo que estoy haciendo en materia de collage y/o ensamble. Y por el otro, habiendo tal conglomerado y proporciones, en ningún momento cometo tal acto de rebasar esa medida estipulada por los expertos, y legalistas. Además de que pertenecen a toda una obra más amplia, llamada libro digital por entregas. Lo explico, no lo justifico. Mide dos metros por uno cincuenta. es a propósito que en internet no se vea tal cual es.  mide dos metros por uno cincuenta. es a propósito que en internet no se vea tal cual es. Ayer mismo salía a la calle. A veces sólo salgo a caminar por cualquier rumbo. Cuando me siento aprisionado, necesito salir a ver la vida, el movimiento. Pensaba, esos cuadros abigarrados, son como estas calles repletas de cosas y colores. La gente que va en auto poco se entera, se suben a sus particularidades, se bajan en sus ficciones, regresan a sus cotidianeidades, no ven. Luego me quedé contemplando que el sujeto a pie tampoco ve, viene hacia adentro pensando no sé qué de su vida y sus particularidades, quiere y ansía llegar a su ficción, abordar su cotidianeidad. Son esos cuadros.

Por ejemplo, detesto, aborrezco el minimalismo. Esa pretensión totalizadora del vacío. Ese crear la ilusión de que la subjetividad del observador se privilegia, mentira, tampoco les interesa. Y a la vez un respaldo ideológico en la objetividad geométrica etc... Nunca he odiado tanto una sala de arte como con el minimalismo. Cuando voy hacia el arte quiero que me saque fuera de mí, a eso acudo al arte, por eso le consulto y lo procuro. Yo en ese sentido soy cínico en la antigüedad del término. Abiertamente no me interesa que lleguen a suponer que sucede ahí en mis cuadros. Hay tantas versiones como instantes. es decir, esa pretensión de ubicuidad arrogante, un verdadero fiasco. y la gente cae en esos blufffsss… una vez hice un viaje con mi familia a ny. en esa época, agarrábamos un mapa, y nos metíamos a los museos sin importar que había, era de ocasión, al azar, no se puede planear todo en la vida. En una sala, había unos Richard Serra. Unos enormes bloques de hierro, burdos, geométricos, pesados, racionales. Era insoportable, me daban deseos de patear esas cosas. Me nacía el impulso de patear esos mamotretos. Si lo hacía, iría a la cárcel. No debía hacerlo, estuve ahí contenido sin hacer lo que realmente quería hacer, que era patear esas cosas.

me encanta esa negación positiva: no van a ver todo jamás.

Leí una vez un libro, en el que aparecían unos tapices, gobelinos, que al parecer son importantes en las regiones donde hace frío, cubren sus paredes para conservar el calor. En el libro, esas pinturas, estaban encimadas de escenas diversas, ya ininteligibles para el que observa. Eran de tiempos perdidos, para descifrar lo que sucedía se necesitarían varias vidas. Quizá sea innecesiario emprender tal investigación. Lo que me era peculiar, en la narración, eran todas las capas de lectura que esos murales podían tener. Yo leía y veía, esos indescriptibles minúsculos e inmensos detalles. De lejos es una amalgama sin sentido, un cuadro abstracto, es hasta que te acercas que ves otras realidades. Es un receptáculo alucinatorio, una red hecha de sueños ajenos, del mundo, me los apropié para trenzarlos y asociarlos a la suerte.

Hace un par de años vi una serie ridícula, inglesa, no sé si era un reciclado. Sólo los ingleses pueden producir el humor negro y esa cursilería romántica sobre el sospechosísmo y la indagación. Era una serie sobre una pareja de investigadores, que tenían que comprobar con métodos científicos, inspeccionar, pasar a examen y certificar obras de arte que encontraban por azar abandonadas para constatar que eran auténticas, de algún importante artista y que valían sumas de dinero. Tenían que corroborar dicha originalidad con instrumentos de medición, detectan huellas, escrutinios con aparatos de óptica y rayos x, hacen un recuento de materiales y sustancias para datar y cerciorarse. Están en la evidencias, algo que les apasiona a esos creadores de la revolución industrial. El proceso y el sistema. Es toda una infraestructura deductiva al servicio de la veracidad, para descubrir posibles obras caídas en el olvido. Lo interesante es que esos hallazgos, poco tienen que ver con que el arte realmente sea lo que vale. Se trata de toda la parafernalia en la que engastan, y dotan de aura un pedazo de tela, un trozo de roca, un metal fundido. Es cómico lo que se gasta en hacer creer. El arte se despoja de todos estos legitimadores, censores, avales, notarios. El arte va al encuentro de una libertad sin promesa porque la vida es tan corta, que si dedicara su objeto, en cuidar no perderse, nunca siquiera saldría a la luz. Ni siquiera existiría en la soberbia de su accidente. El arte no es una doctrina con escaleras eléctricas al cielo, es un precipicio escarpado para cabras y mirones.